Comentario de un texto de José Ortega y Gasset

“Vivir es lo que hacemos y nos pasa – desde pensar o soñar o conmovernos hasta jugar a la Bolsa o ganar batallas. Pero bien entendido, nada de lo que hacernos sería nuestra vida si no nos diésemos cuenta de ello. Este es el primer atributo decisivo con que topamos: vivir es esa realidad extraña, única, que tiene el privilegio de existir para sí misma. Todo vivir es vivirse, sentirse vivir, saberse existiendo – donde saber no implica conocimiento intelectual ni sabiduría especial ninguna, sino que es esa sorprendente presencia que su vida tiene para cada cual: sin ese saberse, sin ese darse cuenta el dolor de muelas no nos dolería.

La piedra no se siente ni sabe ser piedra: es para sí misma, como para todo, absolutamente ciega. En cambio, vivir es, por lo pronto, una revelación, un no contentarse con ser, sino comprender o ver que se es, un enterarse. Es el descubrimiento incesante que hacemos de nosotros  mismos y de nuestro mundo en derredor. Ahora vamos con la explicación y el título jurídico de ese extraño posesivo que usamos al decir “nuestra vida”; es nuestra porque, además de ser ella, nos damos cuenta de que es y de que es tal y como es. Al percibirnos y sentirnos tomamos posesión de nosotros, y este hallarse siempre en posesión de sí mismo, este asistir perpetuo y radical a cuanto hacemos y somos diferencia el vivir de todo lo demás. Las orgullosas ciencias, el conocimiento sabio no hacen más que aprovechar, particularizar y regimentar esta revelación primigenia en que la vida consiste.”

José Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Lección X.

 1.     Explicación de términos

Os remito al glosario que tenéis en los apuntes

Conocimiento: En el texto el conocimiento se refiere a lo que  consiste primariamente vivir: tener conciencia o saberse viviendo, Cualquier otro conocimiento es secundario o derivado, como el de las ciencias, que con ser importantes en nuestra vida no nos dicen lo fundamental de nuestra vida: ésta es encontrarse en el mundo, ocupados con las cosas y decidiendo nuestro destino.

Revelación: Se refiere al carácter evidencial de la vida, a su ser transparente para sí misma, al darse cuenta de que la vida humana no sólo es, sino enterarse de que es. Es el contínuo descubrimiento de nosotros y de nuestro mundo.

Mundo: Constituye el entorno en el que nos movemos. Es el aquí y ahora al que somos arrojados, es decir, nuestra circunstancia. No es nunca indiferente para nosotros, sino que siempre nos afecta, alegrandonos o poniéndonos tristes. El mundo es nuestra ocupación y es inseparable de nosotros.

 

 

2.     Tesis e ideas principales

 “Vivir es lo que hacemos y nos pasa – desde pensar o soñar o conmovemos hasta jugar a la Bolsa o ganar batallas. Pero bien entendido, nada de lo que hacernos sería nuestra vida si no nos diésemos cuenta de ello. Este es el primer atributo decisivo con que topamos: vivir es esa realidad extraña, única, que tiene el privilegio de existir para sí misma.// Todo vivir es vivirse, sentirse vivir, saberse existiendo – donde saber no implica conocimiento intelectual ni sabiduría especial ninguna, sino que es esa sorprendente presencia que su vida tiene para cada cual: sin ese saberse, sin ese darse cuenta el dolor de muelas no nos dolería.//

La piedra no se siente ni sabe ser piedra: es para sí misma, como para todo, absolutamente ciega. En cambio, vivir es, por lo pronto, una revelación, un no contentarse con ser, sino comprender o ver que se es, un enterarse. Es el descubrimiento incesante que hacemos de nosotros  mismos y de nuestro mundo en derredor. //Ahora vamos con la explicación y el título jurídico de ese extraño posesivo que usamos al decir “nuestra vida”; es nuestra porque, además de ser ella, nos damos cuenta de que es y de que es tal y como es. Al percibirnos y sentirnos tomamos posesión de nosotros, y este hallarse siempre en posesión de sí mismo, este asistir perpetuo y radical a cuanto hacemos y somos diferencia el vivir de todo lo demás.//Las orgullosas ciencias, el conocimiento sabio no hacen más que aprovechar, particularizar y regimentar esta revelación primigenia en que la vida consiste.”//

 

Tesis

 El primer atributo de nuestra vida consiste en saberse a sí misma, la continua revelación o toma de conciencia de lo que hacemos y nos pasa.

 Ideas principales

1.      El primer atributo de la vida es ser consciente de lo que hacemos y nos pasa.

2.      Este conocimiento o saberse a sí misma no es intelectual, sino pura presencia de la vida ante si misma.

3.      Vivir es una revelación o descubrimiento continuo de nosotros mismos en el mundo.

4.      Nuestra vida es nuestra porque al darnos cuenta de ella la poseemos.

5.      El conocimiento intelectual es ya una particularización o conocimiento secundario respecto de esta revelación original.

3.     Relación del texto con la filosofía del autor

 

El texto se refiere al primero de los atributos o modos de ser que, según Ortega, la vida posee: su carácter evidencial. La vida es una realidad que posee la propiedad de ser transparente a si misma, de darse cuenta permanentemente de que acontece, pues “nada de lo que hacernos sería nuestra vida si no nos diésemos cuenta de ello.” Este darse cuenta no se refiere a un tipo de conocimiento especial, un conocimiento intelectual, que es el propio de las ciencias. Lo definitivo de la vida no lo aportan la biología o la psicología hablando del cuerpo o del alma, pues estos saberes se apoyan en un saber anterior. Se trata del saberse a sí misma existiendo en el mundo, es decir, una suerte de revelación incesante del hecho mismo de que vivimos y de que esa vida es nuestra.

El hombre no es una piedra que ni se sabe piedra ni se siente piedra. Ésta es para si misma, como para todo, ciega. A diferencia de los objetos inertes, que no se saben a si mismos, la vida es toma de conciencia de lo que somos La vida es tomar posesión de uno mismo en su integridad. Por ello también puede decirse que el demente no tiene una auténtica vida, es como una máscara y es por esto por lo que nos inquieta: se encuentra enajenado o alienado y por ello no está en posesión de su vida, pues ésta es poseerse, saberse a si misma.

Si miramos un poco más a fondo esas acciones de que nos damos cuenta, vemos que vivir es un encontrarse en el mundo ocupados con los asuntos y las cosas que nos imponen nuestras propias circunstancias. La segunda característica fundamental de la vida es su ser mundano o circunstancial. Estamos en el mundo y nuestros afectos y sentimientos nos dicen cómo nos encontramos en él: el mundo nos alegra o entristece, despierta nuestra ira o nuestra ternura, nos tranquiliza o hace temer,…. Y en ese mundo tenemos nuestra propia circunstancia, que es lo que determina nuestras posibilidades presentes, la fatalidad que nosotros mismos contribuimos a trazar al elegir y realizar nuestro proyecto vital. Esta fatalidad libre, este entorno limitado de posibilidades en que consiste nuestra circunstancia, condiciona nuestro proyecto.

No elegimos, pues, nuestro mundo, ni escogemos el momento de entrar en él; nos encontramos en el mundo a quemarropa, como arrojados en él. Y ese mundo es cultura heredada que nosotros recibimos y nos permiten tener una idea acerca de él.

     La vida es, para Ortega, principio y realidad radical. Esta vida no es un principio estático, inerte, sino que está en un perpetuo hacerse y devenir. Sólo la aparición del ser humano permitió que, en la historia, la vida tomara conciencia de sí misma. En ese instante se dio cuenta de que el hombre no es un ser aislado, sino en comunión espacial y temporal -vital- con las cosas, con sus circunstancias. No hay un vivir en abstracto: las circunstancias humanas son el “medio” en que el hombre inevitablemente se desenvuelve. Se vive aquí y ahora. Es decir, la vida, que es el hecho radical, es circunstancia. No somos sólo nosotros: el yo no es, como pretendía el idealismo, la primaria realidad, sino que cada uno de nosotros es “yo y mi circunstancia” pues mi vida consiste en que me encuentro forzado a existir en una circunstancia determinada.

En conexión con este carácter circunstancial de la vida. plantea Ortega la noción de perspectiva; la única coherente con el carácter circunstancial de la vida humana. La verdad como perspectiva de Ortega se opone a la posición dogmática de quien pretende imponer la verdad a los demás, así como a la posición escéptica y relativista que concluye que ninguna verdad puede pretender el carácter de tal. La posición correcta es otra: la verdad tiene muchas caras y dependiendo de la perspectiva desde la que miremos nos ofrecerá aspectos distintos. La única perspectiva falsa es la que pretende ser la única. “La verdad -dice Ortega-, lo real, el universo, la vida -como queráis llamarlo- se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da a un individuo. Si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria, lo que verá será un aspecto real del mundo. Y viceversa: cada hombre tiene una misión de verdad. Donde está mi pupila no está otra: lo que de realidad ve mi pupila no lo ve otra.”

Para finalizar, al considerar nuestra manera de estar en el mundo, vemos un tercer atributo de nuestra vida: vivir es decidirse. Aunque la circunstancia es algo que nos determina, algo cerrado, es también a la vez abierto, porque ofrece una serie de posibilidades en las que moverse, entre las que decidirse: “Vivir es vivir aquí, ahora; el aquí y el ahora son rígidos, incanjeables, pero amplios. Somos libertad en la fatalidad. Toda vida es un drama que se decide a sí mismo constantemente entre varias posibles y, según Ortega,  esa decisión debe ser “auténtica”, es decir hay que obrar como tenemos que obrar, llevando adelante nuestro destino. La libertad es la condición inexorable de la vida humana: tenemos que inventarnos nuestra propia existencia y, a la vez, este invento no puede ser caprichoso.

Por eso la vida es pre-ocupación, cuidado por adelantado, porque de nuestras decisiones depende la ejecución de nuestro proyecto vital. Por eso la vida nos pesa, porque somos nosotros los que hacemos nuestra vida y cargamos con la responsabilidad de llegar a ser lo que somos. Podemos descuidarnos, hacer y opinar lo que la gente acostumbra, abandonados a unas circunstancias que no son las nuestras; pero entonces nos perdemos a nosotros mismos, nuestra vida deja de pertenecemos, ya no es auténticamente nuestra. Si nos descuidamos, la vida resulta inauténtica. De ahí la angustia, porque nos va la vida en lo que elegimos.

El cuidado nos hace adelantarnos, y así abre el futuro que está íntimamente relacionado con nuestra circunstancia actual (con el presente) la cual no puede desligarse del pasado (pues es en él donde se ha constituido “nuestra circunstancia”). Por eso dice Ortega que el modo primario del tiempo de nuestro vivir es el futuro, que lleva consigo el pasado atrayéndolo hacia sí en el presente. O, lo que es lo mismo, que el ser de la vida es histórico, y todas nuestras acciones tienen un sentido histórico. La historia es el modo de ser propio de una realidad cuya sustancia es precisamente la variación, por lo tanto, lo contrario de toda sustancia. El hombre es insustancial, pura mutabilidad: todo en él viene de algo y va a algo. El ser humano no es cosa alguna, es un drama: su vida es puro y universal acontecimiento.  Por ello su razón no puede ser pura, sino vital e histórica.

La razón se nutre de aquello que al individuo y a la humanidad les ha ido pasando: lo que han ido viviendo tanto de modo individual -la biografía de cada uno- como general -la historia de la humanidad-, por ello dice Ortega en su libro Ideas y Creencias que el defecto más grave del hombre es la ingratitud: “pues el ingrato olvida que la mayor parte de lo que tiene no es obra suya, sino que le vino regalado de otros, los cuales se esforzaron en crearlo u obtenerlo”. Es decir, aunque nuestra vida se decide a si misma entre otras posibles, nosotros no la inventamos por completo: nuestra interpretación de la realidad es ya algo asumido por las generaciones pasadas, nuestras creencias son el “poso” del desarrollo histórico del ser humano.

El texto afirma: “Saber no implica conocimiento intelectual ni sabiduría especial ninguna.” El hecho fundamental de que la vida consista en un saber a que atenerse explica la diferencia orteguiana entre las ideas y las creencias. Estas últimas son convicciones profundamente arraigadas que afectan a cuestiones fundamentales de los sujetos humanos y que se decantan en cada momento histórico. Las creencias son instrumentos de la vida y aunque tienen una dimensión individual, tienen un alcance y una genuina significación social, de modo que cada época tiene su propio repertorio de creencias que sirve para definir una mentalidad (mítica, antigua, medieval, moderna o contemporánea). En ciertas épocas éstas entran en crisis y dejan de estar vigentes dando, así, paso a una nueva época. Las ideas, por su parte, se entienden como resultado de la actividad cognoscitiva del ser humano cuando intenta construir representaciones de las cosas allí donde surge la duda. Lo cual significa que nuestra “vida intelectual” es secundaria o imaginaria en relación con nuestra “vida real” o auténtica.

4.     Contexto histórico y filosófico

Contexto histórico

La vida de José Ortega y Gasset discurre fundamentalmente por la primera mitad del siglo XX, un tiempo en el que se sucedieron hechos históricos de enorme dramatismo e importancia: la revolución rusa (1917); la I guerra  mundial (1914-18) y la II guerra mundial (1939-45). Es permanente la lucha social e ideológica: el liberalismo democrático y el marxismo-leninismo combaten y vencen en las trincheras de Europa al fascismo y al nacional-socialismo. Pero sus propias visiones se enfrentarán una vez acabada la II guerra mundial en una guerra fría. España no interviene directamente en las dos grandes guerras, pero no es ajena a lo que sucede en ellas. Aquí la situación que se vive tiene tintes propios y está originada, en primer lugar, por las guerras que marcan el fin del imperio colonial español (1898) una época en la que en lo cultural se produce un verdadero renacimiento: los  hombres cultos de estos años: intelectuales, escritores, científicos…quieren dejar de lado el pesimismo y miran al futuro con intención de llevar a una España tradicional,  en la que son patentes las desigualdades sociales y regionales, a una decidida modernidad. Sus afanes terminarán en la guerra civil de 1936 en la que lo mismo que en Europa algunos años después se enfrentan las tendencias totalitarias y democrático burguesas.

 José Ortega y Gasset nace en Madrid (1883) en el seno de una familia burguesa y liberal. Su padre fue periodista y director del diario madrileño “El Imparcial”. Estudia el bachillerato en Málaga y, tras doctorarse en filosofía en la Universidad de Madrid (1904), marcha a Marburgo (Alemania) donde conoce de cerca la filosofía idealista. Como reacción se inicia su primera postura filosófica que no mantiene mucho tiempo: el objetivismo, en el que las cosas son prioritarias

Catedrático de metafísica en la universidad de Madrid, a partir de 1914 comienza la orientación original del pensamiento de Ortega, la segunda etapa de su filosofía o perspectivismo, con la publicación de su libro Meditaciones del Quijote, donde aparece por primera vez la vida individual como realidad radical (“yo soy yo y mi circunstancia”).

En 1923, coincidiendo con la dictadura de Primo de Rivera, funda la “Revista de Occidente”. Ortega intervendrá activamente en política como enemigo de la implantada dictadura, llegando a dimitir incluso de su cátedra en 1929. Más tarde, durante la II República, de nuevo inmerso en la docencia universitaria, sale elegido diputado.

Al comenzar la guerra civil en 1936, se exilia, viajando durante varios años por diversos países. Ortega residió en Francia, Argentina, Portugal y Alemania. Estos han sido años de maduración de su pensamiento y composición de sus obras capitales (El tema de nuestro tiempo, Ideas y creencias…). Es una fase de su filosofía que él mismo denomina ahora raciovitalismo y que será su postura filosófica definitiva, sin que ello suponga abandono del perspectivismo anterior sino más bien su profundización. Regresa a España en 1945 pero el régimen de Franco no le permite reintegrarse a su cátedra. En los últimos años de su vida su actividad se reduce al mínimo, dadas las circunstancias políticas españolas. Muere en Madrid en 1955.

Contexto filosófico

Durante el siglo XX nos encontramos  con una serie de corrientes filosóficas que en algunos casos continúan planteamientos anteriores, mientras que en otros suponen un cambio radical en la forma de entender la filosofía.

El idealismo tiene sus sucesores pero, después de Hegel, se considera inviable la construcción de un gran sistema de filosofía. En tiempos de Ortega la filosofía aspira más bien a ser crítica en la línea de Kant. El neokantismo de la escuela de Marburgo es el que influye primeramente en Ortega. Hermann Cohen y Paul Natorp están principalmente preocupados por la teoría del conocimiento, tomando como paradigma el de las ciencias naturales. Esta será la base del período objetivista de Ortega.

            Otra importante línea de pensamiento es el marxismo. Originalmente una reacción frente al pensamiento idealista de Hegel,  ha estado presente en todo el siglo XX, bien en su forma ortodoxa, o bien revisada en ocasiones gracias a otras influencias filosóficas y científicas que no estaban en el marxismo original (el psicoanálisis, por ejemplo), como sucede en el caso de algunos representantes de la Escuela de Francfort, como Adorno, Marcuse,  y su cabeza visible actual, Jürgen Habermas.

            El positivismo de Comte, inicialmente otra reacción  contra el hegelianismo, pretende instaurar un saber positivo, capaz de fundamentar una organización socio-política nueva basada en las ideas de orden y progreso frente a las tendencias revolucionarias y disolventes de la sociedad de entonces. Cabe reconocer esta línea de pensamiento en el positivismo lógico o empirismo lógico del siglo XX. Éste último constituye (junto con la llamada filosofía analítica) uno de los movimientos integrantes de la corriente analítica de nuestros días, cuya máxima originalidad consiste en haber transformado el concepto mismo de filosofía: para la corriente analítica (Carnap, Wittgenstein, Moore, Ayer…), la filosofía no tiene como objeto la realidad, sino el análisis del lenguaje acerca de la realidad (trátese del lenguaje ordinario o científico). Dentro del neopositivismo se suele mencionar también a Popper, si bien éste mantuvo siempre una distancia crítica con las tesis fuertes de dicha corriente.

Puede decirse que estas corrientes no interesaron especialmente a Ortega, o que más bien reacciona frente a ellas, a diferencia de otras que toman  como principal objeto de consideración el fenómeno de la vida, ya sea en su vertiente puramente biológica, o bien biográfico-histórica y la irreductibilidad de la existencia personal a otras realidades: son las denominadas filosofías historicistas y vitalistas que originadas en el siglo XIX se extienden por todo el siglo XX influyendo de diversas maneras en distintas tendencias filosóficas: existencialismo, personalismo (Mounier). Otras tendencias filosóficas de este siglo son la fenomenológía (Husserl) y el pragmatismo (James, Dewey).

            El historicismo engloba un conjunto de doctrinas que coinciden en subrayar el carácter histórico del hombre y tratan de determinar el método propio de las ciencias históricas. Entre los representantes más conocidos se encuentra Wilhelm Dilthey que asume la tarea de llevar a cabo una crítica -en el sentido kantiano- de la razón histórica. Para Dilthey la vida humana es temporal e histórica, al igual que la cultura, que es creación suya. Sólo desde la historia es interpretable la vida humana. Las ciencias históricas (o ciencias del espíritu) estudian la vida no como lo hacen las ciencias naturales sino desde dentro de la vida misma, por medio de la comprensión y la vivencia.

            Suele calificarse de vitalismo toda filosofía que admita un principio vital o una fuerza vital irreductible a los procesos físico-químicos de los organismos. Así pueden englobarse bajo esta etiqueta los sistemas de pensamiento más dispares siempre que entiendan la realidad no de un modo estático, sino dinámico, que valoren lo singular e irrepetible, es decir, lo vivencial e incluso lo irracional. Un claro ejemplo es Nietzsche, quien representa una reacción no sólo contra el espíritu de la Ilustración y contra Hegel, sino en realidad contra toda la tradición filosófica occidental que, originada en Platón y prosiguiendo con el cristianismo, es acusada de oponerse a la vida y a los valores vitales.

Otro pensador vitalista es H. Bergson a quien Ortega ha leído con interés, sin que comparta totalmente sus planteamientos, pues Ortega no cree que la intuición puede suplantar a la razón como facultad de conocimiento.

  Para terminar, el existencialismo analiza la existencia humana como modo fundamental de ser del hombre en el mundo, pero hay muchas diferencias entre los filósofos que son normalmente llamados existencialistas. Se reconoce como precursor de esta tendencia al filosofo danés Sören Kierkegaard y entre los principales representantes en este siglo se puede señalar a J.P. Sartre (muy influenciado por Husserl), K. Jaspers y al ya citado Heidegger. El existencialismo es una filosofía que afirma la originalidad de la existencia individual. La realidad individual única por antonomasia es la existencia del propio yo, pero no un yo puro sino concreto y mundano. La existencia es el fenómeno fundamental en el sentido de que es desde ella como se decide y establece el significado y valor de toda la realidad. Ahora bien la estructura fundamental y originaria de la existencia humana es la libertad y desde ella se entiende al hombre como un continuo proyecto.

 5.     Relación del texto con la filosofía o acontecimientos de otras épocas.

La obra de Ortega “El tema de nuestro tiempo” nos pone en la relación precisa que su filosofía tiene con la de otras épocas. La crítica de lo que él denomina racionalismo, es el presupuesto de su propia filosofía.

      Para Ortega, se trata de superar el racionalismo, sea en su versión realista, sea en su versión idealista. Para el realismo, que podemos ver representado claramente en Aristóteles o Tomás de Aquino, pero que es también el modo de relacionarse con el mundo del hombre corriente, la realidad consiste en las cosas, en el mundo, y nosotros la percibimos tal cual pues nosotros no somos sino un espejo en el que ésta se refleja. Esta realidad es objetiva y no depende para nada de que yo exista. Pero, según Ortega, carece de sentido decir que ésta es la realidad radical, porque las cosas precisan de un testigo, de un yo para quien se dan. Por ello, el realismo es una postura ingenua, como bien advertían los idealistas: no puede haber realidad sin un yo que la piense. El error del idealismo, que Descartes inicia, estriba en su enorme cautela y desconfianza, lo cual hace que las cosas se comporten como ideas, existiendo sólo, por tanto, el yo y la razón, que termina siendo una razón matemática o lógica y sólo concibe lo real como cuantificable. Así pues, lo iniciado en el siglo XVI debe ser desechado y el idealismo debe ser también superado, aunque sin caer por ello en el anterior realismo.

Haciendo un poco de historia, el error del racionalismo lo achaca Ortega a Sócrates. El tema del tiempo de Sócrates consistía en desalojar la espontaneidad de la vida para suplantarla con la pura razón. Un intento condenado al fracaso, porque la vida espontánea no puede eliminarse, tan sólo ocultarse bajo la racionalidad. Pero, a pesar de de ello, durante siglos el racionalismo se extiende por Europa gracias a la conquista de nuevas ideas que hacen aumentar la fe en la razón. El punto culminante de esta conquista sucede a partir de Renacimiento cuando se construyen los grandes sistemas racionalistas, pero a partir de entonces el propio racionalismo comienza a descubrir que su territorio es limitado y aunque Ortega reconoce que este error intelectual ha sido fecundo para la humanidad, finalmente llega el momento de decir que la razón pura no puede suplantar la vida. Lejos de poder sustituirla, debe apoyarse en ella.

Nuestro tiempo ha hecho un descubrimiento opuesto al del Sócrates, pues si él descubrió la línea en la que comienza la razón, nosotros hemos podido ver la línea en la que termina. Nosotros hemos vuelto a descubrir la espontaneidad. Pero, a diferencia de la posición que adopta Nietzsche, que lo lleva a una posición irracionalista, no se trata de negar la razón, que tiene un papel importantísimo en nuestra vida, sino tan sólo de ponerle límites y entender que es una función vital más y que no tiene sentido desligarla de la vida.

El tema de nuestro tiempo consiste por tanto, en someter la razón a la vitalidad, localizarla dentro de lo biológico (sin reducirla a ello), supeditarla a lo espontáneo.  Por ello la misión del tiempo nuevo es mostrar que la cultura, la razón, el arte o la ética deben servir a la vida y no al contrario. La cultura es un instrumento biológico y nada más. Situada frente y contra la vida, representa una subversión de la parte contra el todo. Urge reducirla a su puesto y darle el papel que merece, porque  ya el hombre del presente desconfía de la razón y la juzga a través de la espontaneidad y sin negar la razón, reprime y burla sus pretensiones de soberanía.

En esta línea filosófica destacan algunos discípulos de Ortega, entre los que mencionamos a José Gaos, exiliado en México dio a conocer los planteamientos de su maestro, si bien la interpretación de sus escritos no se compadece totalmente con la filosofía de Ortega.

Julían Marias defiende el pensamiento de Ortega, el raciovitalismo, como el genuino sistema filosófico español, perfectamente compatible con el catolicismo, frente a los ataques que sufre por parte de quienes le consideran un pensador peligroso anticatólico y antiespañol.

Finalmente, María Zambrano, también exiliada, propone para salir de la crisis a la que ha llevado la filosofía moderna, una razón poética, capaz de expresar lo más intimo de la persona.

 

 

 

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