LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA (Contexto filosófico de la filosofía de Arendt y Ortega y Gasset)

LA FILOSOFÍA  CONTEMPORÁNEA

I. Las bases del pensamiento del s.xx: Darwin, Marx, Nietzsche, Freud.

A partir de la Revolución Francesa, las concepciones filosóficas sobre la realidad del ser humano se van transformando. En buena medida gracias a un mejor conocimiento del mundo y de la historia. A partir de Darwin, el ser humano tomará conciencia de su lugar en el conjunto de los seres vivos y descubrirá que somos un producto de la evolución. De la mano de Marx, aparecemos como el resultado de la economía y de la historia. Nietzsche y Freud criticarán la racionalidad y libertad humanas, mostrando que estamos a merced de fuerzas biológicas e inconscientes que no podemos dominar. Junto a otros pensadores como Comte, Stuart Mill o Kieerkegaard marcarán las líneas del pensamiento del s.XX

La teoría de la evolución de los seres vivos presentada por Charles Darwin (1809-1882) en su libro “El origen de las especies” causó en su época un revuelo semejante al de Nico­lás Copérnico durante el Renacimiento, cuan­do explicó que la Tierra y los demás planetas giraban alrededor del Sol. Con el evolucionismo desapareció la idea de que las especies vivas eran fijas e inmutables desde que fueran creadas por Dios. Según explicó Darwin, todos los seres vivos están emparentados y todos han evolucionado a partir de algún antepasado común. El ser humano también. Para Dar­win, pues, el hombre es una especie animal como las otras, fruto de la evolución de la vida sobre la Tierra. La selección natural y la lucha por la existencia determinan la supervivencia de las especies más aptas. Esta teoría, en esencia biológica, fue llevada al terreno social (darwinismo social de Spencer) y fue aprovechada por los ideólogos racistas para apoyar su tesis de la superioridad de la raza. Según Hannah Arendt, la teoría de Darwin explicita la Ley de la Naturaleza que el totalitarismo pretende cumplir.

Como podía esperarse, la teoría darwinista provocó una fe­roz oposición entre los círculos religiosos más conservadores. Darwin conmocionó una imagen del ser humano que goza­ba de una venerable tradición. A la mayoría de personas no le gustaba la idea de estar emparentados con los monos, y a través de estos con el resto de animales. Con las ideas de Darwin, el ser humano había perdido su lugar privilegiado en este mundo.

Para Karl Marx (1818-1883), el ser humano es, ante todo, un producto de la naturaleza, como afirmaba Darwin, pero su actividad no se limita al terreno biológico. A diferencia de los otros animales, el hombre puede romper los límites que le impone la naturaleza y producir sus propios medios de vida mediante el trabajo. El ser humano es el animal que trabaja, según Marx. A través de esta «praxis», el ser humano puede producir bienes, realizarse como persona, construir sociedades y hacer avanzar la historia.

En cada momento histórico, el trabajo humano se organiza en diferentes modos de producción. Cuando el modo de producción se basa en la división del trabajo, en el reparto desigual de la riqueza y en la explotación del hombre por el hombre, el ser humano, en lugar de realizarse como persona, se des-realiza, pierde humanidad y se cosifica al convertirse e en un objeto -mercancia- en manos de los demás. Un ejemplo de esta situación lo encuentra Marx en la sociedad de su época, caracterizada por el modo de producción capitalista.

En la sociedad capitalista, el trabajo es social, pero la propie­dad de los medios de producción es privada. La burguesía capitalista es dueña de los medios de producción (fábricas, herramientas, materias primas … ) y también del producto fabricado. Los obreros son quienes producen las mercancías recibiendo a cambio un salario. Pero este salario está muy por debajo del precio de las mercancías producidas. El obrero es, pues, explotado. En estas condiciones, el traba­jador no mejora como persona, sino que cada vez se em­brutece más: cuanta más riqueza produce, más se empo­brece como ser humano. Es lo que Marx llama “alienación” un proceso en el cual los seres humanos solo sirven como instrumentos de producción y su fuerza de trabajo es una mera mercancía. Para que el hombre recupere su auténtica dimensión hu­mana es necesario transformar radicalmente el modo de producción capitalista y crear la sociedad comunista donde cada uno debería dar según sus capacidades y recibir según sus necesidades. Este es un proceso histórico necesario, si bien puede y debe ser acelerado por el proletariado. Hannah Arendt se referirá a este proceso denominándolo Ley de la Historia.

El pensamiento de Friedrich Nietzsche (1844-1900) conviene enmarcarlo en la crisis de valores que acompaña al hombre europeo desde la ilustración, pasando por la Re­volución Francesa y el extraordinario desarrollo de la ciencia experimental del siglo XIX. Progresivamente, los europeos han ido perdiendo la fe en Dios y desoyendo la voz de la Iglesia. La secularización o la pérdida del sentido de Dios se va extendiendo, y Nietzsche cree llegado el momento de ponerlo por escrito y sacar algunas consecuencias. Si ya no creemos en Dios, si «Dios ha muerto», según frase del propio Nietzsche, ¿en qué lugar queda el hombre? ¿Quién nos dirá lo que está bien y lo que está mal? ¿Cómo orientaremos nuestras vidas?

Según Nietzsche podemos hacer dos cosas. Primera, con­tinuar viviendo como si Dios realmente existiese y los valo­res convencionales y prefijados fuesen los únicos existentes. Esta posibilidad, desde su punto de vista, ofrece una forma de vida mediocre y pobre, que niega todo lo positivo, vital y espontáneo que hay en nosotros.

La otra posibilidad consiste en superar al hombre actual, crear nuevos valores y liberarnos de Dios, transfor­mando la vida humana en la de un superhombre. El superhombre (o mejor, el ultrahombre) es, para Nietzsche, la gran oportunidad que se nos abre tras la muerte de Dios y la desaparición de cualesquiera valores prefijados. Ahora que Dios ya no existe, el superhombre mira hacia la tierra, hacia los instintos vitales, de creación y superación, que palpitan en el fondo de nues­tra naturaleza, pues, según Nietzsche, el ser humano es voluntad de poder. Esa voluntad de poder se manifiesta a través de la creación de nuevos valores y la búsqueda y persecución de nuevos objetivos.

Nietzsche encuentra en el tipo de valores del mundo griego, previos a la racionalidad de Sócrates y Platón y a la predicación cristiana, los valores auténticos del hombre heroico: la vida fuerte, creativa, sana, ascendente, deseosa de vivir y gozar sin limite. Esta es, a ojos de nuestro autor, la moral noble, aristo­crática, propia de señores y no de esclavos, construida sobre la voluntad de poder. Esta será la actitud del superhombre.

Sigmund Freud (1865-1939) fue el creador del psico­análisis. Sus teorías, junto con las ideas de Darwin, Marx y Nietzsche, han ejercido una enorme influencia durante todo el siglo xx, y han ayudado a crear la concepción del hombre que tenemos en la actualidad.

Según Freud, el ser humano desconoce buena parte de lo que es en realidad, porque bajo una capa superficial de racionalidad y conciencia, se esconde un elemento oscuro e ingobernable: el inconsciente, origen y causa fundamen­tal de nuestro comportamiento. El inconsciente freudiano se rige por el principio del placer: desea satisfacer sus ten­dencias sexuales y agresivas, pero la sociedad y la cultura no se lo permiten. Como consecuencia de esta represión, el ser humano solo puede exteriorizar sus impulsos de una manera indirecta, por ejemplo, a través de los sueños, la creación artís­tica, el trabajo o el sacrificio por los demás. Cuando ni siquiera así lo consigue, cae en la enfermedad mental, en la neurosis.

Para Freud, no hay aspecto de la vida humana que no pue­de ser interpretado desde sus teorías: la sexualidad es vista como la causa principal de las acciones humanas; las en­fermedades mentales son la consecuencia de un deseo o instinto reprimido; el yo es solo una parte de la personalidad, en tensión con el inconsciente; incluso los actos más cotidia­nos, los olvidos, los sueños o las equivocaciones, que hasta entonces se habían considerado irrelevantes, se convierten en medios donde el psicoanalista puede bucear para acce­der a las profundidades del inconsciente. También el arte o la religión se pueden interpretar desde el psicoanálisis.

II. Aproximación general a las corrientes filosóficas del siglo xx

Como se ha dicho, son muchas las corrientes filosóficas que han quedado prefiguradas por los autores ya citados. Lo que llamamos filosofía contemporánea no puede entenderse adecuadamente sin la influencia ejercida por su pensamiento.

Así, el marxismo, originalmente una reacción frente al pensamiento idealista de Hegel,  ha estado presente en todo el siglo XX, bien en su forma ortodoxa, o bien revisada en ocasiones gracias a otras influencias filosóficas y científicas que no estaban en el marxismo original (el psicoanálisis, por ejemplo), como sucede en el caso de algunos representantes de la Escuela de Francfort, como Adorno, Marcuse,  y su cabeza visible actual, Jürgen Habermas.

El positivismo de Comte, inicialmente otra reacción reacción contra el hegelianismo pretende instaurar un saber positivo, capaz de fundamentar una organización socio-política nueva basada en las ideas de orden y progreso frente a las tendencias revolucionarias y disolventes de la sociedad de entonces. Cabe reconocer esta línea de pensamiento en el positivismo lógico o empirismo lógico del siglo XX. Éste último constituye (junto con la llamada filosofía analítica) uno de los movimientos integrantes de la corriente analítica de nuestros días, cuya máxima originalidad consiste en haber transformado el concepto mismo de filosofía: para la corriente analítica (Carnap, Wittgenstein, Moore, Ayer…), la filosofía no tiene como objeto la realidad, sino el análisis del lenguaje acerca de la realidad (trátese del lenguaje ordinario o científico). Dentro del neopositivismo se suele mencionar también a Popper, si bien éste mantuvo siempre una distancia crítica con las tesis fuertes de dicha corriente.

Otras corrientes de la filosofía contemporánea han tomado como principal objeto de consideración el fenómeno de la vida, en su vertiente puramente biológica o bien biográfico-histórica y la irreductibilidad de la existencia personal a otras realidades: son las denominadas filosofías historicistas y vitalistas que originadas en el siglo XIX se extienden por todo el siglo XX influyendo de diversas maneras en distintas tendencias filosóficas: existencialismo, personalismo (Mounier). Otras tendencias filosóficas de este siglo son la fenomenológía (Husserl) y el pragmatismo (Dewey).

El historicismo engloba un conjunto de doctrinas que coinciden en subrayar el carácter histórico del hombre y tratan de determinar el método propio de las ciencias históricas. Entre los representantes más conocidos se encuentra Wilhelm Dilthey que asume la tarea de llevar a cabo una crítica -en el sentido kantiano- de la razón histórica. Las ciencias históricas (o ciencias del espíritu) estudian la vida no como lo hacen las ciencias naturales sino desde dentro de la vida misma por medio de la comprensión y la vivencia.

Suele calificarse de vitalismo toda filosofía que admita un principio vital o una fuerza vital irreductible a los procesos físico-químicos de los organismos. Así pueden englobarse bajo esta etiqueta los sistemas de pensamiento más dispares siempre que entiendan la realidad no de un modo estático, sino dinámico, que valoren lo singular e irrepetible, es decir, lo vivencial e incluso lo irracional. Ya hemos visto como la filosofía de F. Nietzsche representa una reacción no sólo contra el espíritu de la Ilustración y contra Hegel, sino en realidad contra toda la tradición filosófica occidental que, originada en Platón y prosiguiendo con el cristianismo, es acusada de oponerse a la vida y a los valores vitales. Otros pensadores vitalistas son H. Bergson y J. Ortega y Gasset aunque éste último prefiere denominar raciovitalista a su filosofía. Efectivamente además del vitalismo, el filósofo español recibe también el influjo del historicismo de Dilthey, así como del existencialismo de Heidegger.

Para terminar, diremos algo acerca de este último movimiento. El existencialismo analiza la existencia humana como modo fundamental de ser del hombre en el mundo, pero hay muchas diferencias entre los filósofos que son normalmente llamados existencialistas. Se reconoce como precursor de esta tendencia al filosofo danés Sören Kierkegaard y entre los principales representantes en este siglo se puede señalar a J.P. Sartre (muy influenciado por Husserl), K. Jaspers y al ya citado Heidegger. El existencialismo es una filosofía que afirma la originalidad de la existencia individual. La realidad individual única por antonomasia es la existencia del propio yo, pero no un yo puro sino concreto y mundano. La existencia es el fenómeno fundamental en el sentido de que es desde ella como se decide y establece el significado y valor de toda la realidad. Ahora bien la estructura fundamental y originaria de la existencia humana es la libertad y desde ella se entiende al hombre como un continuo proyecto.

 

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